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01 junio 2007

Crónica de una Lima adolescente

Los viernes a las 6 de la tarde la avenida Javier Prado saca al cavernícola que cada chofer lleva dentro. Confinado a un espacio de 1x1, uno se suma sin querer a una desesperada carrera para sobrepasar al troglodita del carro de al lado y llegar primero al semáforo. Todo esto sólo para descubrir que a doscientos metros hay otro semáforo, otra batalla, otro ataque de claxon, otro vendedor ambulante. El trajín entero suele durar entre 30 minutos y una hora. Todo depende de si uno sabe o no meter el carro. En todo caso, el más docto sabe que metiéndose en una transversal puede encontrar una ruta alterna.

Viajar en micro a esa hora es otra cosa: no hay transversales para cortar camino. Curiosamente, estar de pie en micro-lleno-y-que-el-cobrador-se-empeña-en-seguir-llenando no me molesta. Finalmente, no tengo que estresarme para llegar al semáforo: el chofer se encarga de eso. Miro los carros, miro el caos. Se parece a mi cuarto cuando tenía 16. Miro mi reloj – casi me caigo tratando de sacarlo de mi bolsillo – no es tan tarde, de todas maneras me faltan unas siete cuadras para llegar.

Las cosas en Lima funcionan bajo una lógica, digamos, del caos. Pero funciona. No puedo criticarla, creo que a cierta edad las personas hacemos lo mismo. Cada quien entiende su propia lógica, esta ciudad también. Se trata de una lógica que los adultos y sus actitudes más bien metódicas no llegan a entender. Partamos, por ejemplo, del sistema de transportes. ¿Dónde se ha visto un sistema de transporte público que es privado? Debe ser por eso que el cobrador sigue metiendo gente, al fondo siempre hay sitio, siempre y cuando pague con sencillo. Imagino que para una persona que tiene que pagar el alquiler de un carro, además de traer dinero a la casa para que ésta funcione, la diferencia entre diez y treinta pasajeros debe ser un plato más de comida, tal vez la posibilidad de llevar a sus hijos a pasear el domingo.

El cuello de botella en el que me encuentro es el paradero de la esquina de Javier Prado con Camino Real. Acá hay que llenar carro a como dé lugar. No importa el semáforo en verde, no importa el cavernícola que toca el claxon y carajea para que el chofer avance. Es un paradero importante. Hay incluso una armazón con techito y paneles publicitarios. Un rostro caucásico modela unos anteojos de sol de Eye Vision al costado de una anoréxica de Ripley. Entre ambos paneles, un datero. Me pregunto si en algo le afecta la publicidad, no lo creo, debe estar más preocupado en su trabajo, tal vez muy acostumbrado al ataque publicitario.

Esta última vista me trajo entonces una pregunta que nunca me había hecho: ¿Quién es Lima? Es decir. Si esta ciudad fuera una persona, ¿quién sería?, ¿qué edad tendría?

Supongo que para empezar sería más bien apática. No la culpo. Cada quien con sus problemas, cada quien metido en sus asuntos. Además, entre tanta gente uno no puede sentirse confiado. Incluso, me imagino que si me sentara a conversarle a la persona a mi lado, ésta me miraría como a bicho raro, seguramente con desconfianza, tal vez con algo de miedo. De repente ni caso me hace. Entre extraños las conversaciones no pasan de un comentario, ayuda a no sentirse solo. Y es que Lima es una ciudad que invita a sentirse solo. Será la bruma del invierno, fácil esa mata de nubes compactas. Poco a poco, voy llegando a una conclusión: Lima es una ciudad con rasgos adolescentes. Es desordenada (perdón, funciona bajo una lógica propia) y es apática. Además es solitaria. En mi opinión, no sabe hacia dónde se dirige.

Se trata de una ciudad con múltiples caras. Por un lado tenemos el Centro Empresarial de San Isidro, pero a más o menos un kilómetro están las primeras calles de La Victoria; la tradicional Miraflores, separada de Surquillo por la Av. Tomás Marsano; La Molina, dividida por una reja de Ate-Vitarte. Y uno llega a preguntarse, ¿tiene una identidad definida?, ¿o se trata más bien de un mosaico más o menos armado en forma de ciudad? Yo diría que está en proceso de autodefinirse. Lima está en transición de una “niñez” dorada en la que la aristocracia y las clases medias vivían en la burbuja de la prosperidad, a una “adultez” por definir. ¿No es acaso la adolescencia una transición? Esta habría comenzado con las primeras invasiones en los años 50. Desde entonces, Lima se extiende como una mancha indefinida, crece en desorden, está con las hormonas revueltas.

A esto podemos sumarle el brutal liberalismo económico. La ciudad se hace agresiva. Separa brutalmente a los “triunfadores” de los “perdedores” en todos los ámbitos (económico, social y sexual). Y claro, acá el criollo triunfa. Y el que no se acriolla no está en nada. Entonces, el “nuevo limeño” pasa por un proceso casi maquinal de alimeñamiento, para triunfar. Estamos hablando de una enajenación de lo que uno era antes de entrar, y curiosamente, también de una fusión entre lo provinciano y lo capitalino. Finalmente podríamos decir que el nuevo limeño es un criollo acholado, o tal vez un cholo acriollado… no sé, es toda una melcocha.

Un par de cuadras más adelante paso por el ex cine Orrantia. Hasta hace unos años era un cine Porno, ahora es una comunidad bíblica, qué contradictorio. Es ahí donde me bajo. Son las seis y veinte. Trato de alejarme lo más posible del sonido envolvente de los cláxons. Me parece que se trata más bien del grito desesperado de una ciudad por encontrar el orden interno, una paz relativa y tal vez incluso de recuperar la confianza en el troglodita del carro del costado. Finalmente, es tan solo una persona bajo presión.


06 abril 2007

Mi primer concierto Unplugged

Tenía 16 años y se me ha quedado grabado en la memoria. Fue el domingo 18 de agosto del 2002, un día antes de empezar clases en la Universidad Católica.

Días antes, unos amigos me habían pedido que tocara el bajo en su banda para un evento que iba a haber cerca de su casa. Tocaban punk, de hecho, covers de 6 voltios e Inyectores, música que para la época escuchaba bastante (sí, tuve mi época punkeke). Durante una semana estuvimos ensayando en casa de uno de ellos, era la primera vez que veía una batería en vivo y en directo, y además podía tocarla: yo estaba alucinado. Tenían todo lo básico para armar una banda, nos pasábamos el día los tres, tocando en la casa, chupando chelas y viendo tele, realmente fueron mi primera banda "en serio".

Entre las canciones que ensayábamos estaban la popular Wirito, Atahualpa, Nube Triste y hasta la canción del Chavo del 8, por si nos pedían otra. Llegamos a un punto que prácticamente podíamos tocar las canciones con los ojos vendados.

En fin, llegó el domingo. ¡Oh sorpresa! Era UNA GIMKANA DE LA PARROQUIA DEL BARRIO. Una banda tocó antes que nosotros: Pop Rock en español, o sea, covers de Enanitos Verdes, Pedro Suarez Vertis, Los Prisioneros, etc... El lugar estaba lleno de tías cucufatas y sus hijitos modelo (los "chicos problema" se habían quedado en casa, seguramente aburridos de tener que ir a hacerse los cojudos). Pero ya habíamos ensayado durante toda la semana y nada evitó que subamos nomás, y como se dice "a la de Dios". Dato curioso, el guitarrista de la banda tenía un polo de Bad Religion con una cruz tachada.

Habremos llegado a tocar unas cuatro canciones y media, pero lo que me gustó fue que desde las casas que rodeaban el parque donde estábamos tocando, un montón de chiquillos salieron a escucharnos tocar. Algunos, incluso, empezaron a poguear (para los que no entienden, empujarse entre ellos al ritmo de la música).

"Ese wirito que te robaste, te lo fumaste y te estoneaste" (...) "Trataré de reformarte, chibolo conchatumadre ya te cagaste". (Wirito - 6 Voltios)

"Me largo y no me importa tu vida, me llega al pincho, estaré lejos de aquí"... (Lejos - 6 Voltios) Tras ese primer coro nuestros instrumentos dejaron de sonar.

Nos habían desconectado.


Sin embargo nos decidimos a terminar de tocar la canción y cantar el coro los tres a garganta pelada y señalando a la señora que controlaba el sonido.

Lo siguiente que pasó fue aún más divertido. Una señora horrorizada se subió al escenario en el último coro y trató de empujarnos fuera. Luego se subió un hombre, seguido de un negro de (no miento) metro noventa más o menos. Casi literalmente, nos botaron a patadas de ahí.

Fue tal vez el más significativo acto de rebeldía de mi adolescencia, porque no era contra mis viejos (con los cuales nunca fui realmente rebelde), o en todo caso contra mi familia. Era un acto abierto de rebeldía contra una parte del sistema mismo. La primera vez que subía a un escenario terminó siendo literalmente un buen "unplugged".

05 marzo 2007

Máncora


EL PUEBLO
de Máncora está ubicado en la Panamericana Norte, que sirve, de hecho, de avenida principal y de puerta de entrada a los que llegan desde el sur. El viaje desde Lima toma 2 horas en avión; 16, en Oltursa; 18, en Bus Camión; 20, en auto particular, contando las paradas para comer, suponiendo que se va con una o más personas para repartirse horas de manejo y que no se tiene niños pequeños que quieran bajarse a mear cada media hora; 2 días, si te vas con la familia, lo que implica estress y repentinas paradas porque tu hijo de 9 años le pegó a su hermanito de 7 y éste se puso a llorar, una parada en alguna ciudad para dormir porque tu mujer está cansada (y tú también) y quiere hacer cuentas; luego puede variar según otro medio de transporte que se use.

"Yo llegué en un camión que traía papas", me contaba un hippie del paseo de los artesanos, "me trajo desde Trujillo, pero vengo de Arica, me he demorado 2 semanas y media porque he parado algunos días en otras ciudades para vender mi artesanía y poder comer".

Los "artesanos" pueden ser vistos como nómades que viajan de ciudad en ciudad vendiendo todo tipo de collares, aretes, pulseras, anillos y adornos. Son, me imagino, como los gitanos, pero en un contexto postmoderno. Sucede que Máncora es conocida en sudamérica como el pueblo más "roots" y hippie del subcontiente. Por eso, no solo hay piuranos, sino ecuatorianos, argentinos, chilenos y brasileros; como también uno se puede encontrar, en menor medida, franceses, ingleses, estadounidenses y alemanes. Podríamos hablar de la Nueva York de los hippies en Perú.

Los surfers son la segunda especie con más población de la fauna mancorina, se encuentran en la costa y son vistos más facilmente dentro del agua realizando una danza con las olas. Pueden ser divididos en dos sub-especies: los "locales" y los "turistas".

Los primeros suelen dedicarse a copar la mayor cantidad posible de olas. Lo logran gracias a dos factores: el primero es gracias a su mejor conocimiento de las olas del lugar; el segundo, a su capacidad innata de alejar lo más posible al turista, ya sea a través de la intimidación o la agresión directa. Los turistas que se aventuran el el mar deben lidiar con los surfers locales y aprender a correr en esas playas. Es el precio de correr en una ola perfecta y en una playa hermosa.













La playa en sí no difiere mucho de las de Lima, como se observa en la foto, de hecho, la parte de la playa del pueblo se parece mucho al Silencio o a Punta Hermosa. El mar tiene la particularidad especial de recibir a las corrientes de Humboldt y del Niño todo el año, lo cual le da una temperatura cálida y el clima particular de esa zona del Perú. Los fines de semana, Máncora se llena de ecuatorianos que bajan de la fontera a aprovechar el clima y las playas, la carretera se llena de autos con placa ecuatoriana y la noche se torna interminable pues vienen a armar la gran juerga.

Cae la noche, el sol se esconde, pero no hacia el horizonte, sino hacia la derecha. Es que Máncora se encuentra mirando hacia el norte, en una curva que hace nuestro país poco antes de llegar a Tacna. Se activan los centros de diversión nocturna que ofrecen, al buen estilo de la calle de las pizzas, música, tragos, chicas y baile. En la playa, se prenden las fogatas, hay danzas con fuego (y pasada de sombrero) y fiestas en la arena que terminan cuando el sol vuelve y comienza la faena nuevamente: los surfers a las olas, los hippies a dormir la mona jusnto al mar para volver a sus puestos a las 11.

Todo esto nos remite a un pueblo con una personalidad muy peculiar, relajado y hospitalario. Son sus playas, su gente de todo el mundo, que lo hacen un "pueblo cosmopolita", sus olas, especiales para correrlas en tabla o en pechito, o su mar que no solo es ideal para los bañistas, sino que alberga a miles de especies marinas. Máncora es un lugar donde todo eso se combina con el buen humor y la hospitalidad de los peruanos. No por nada es conocida como la playa más hippie y roots de sudamérica.


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